Spider-Man: Brand New Day: la adultez, esa villana que no se derrota a puñetazos

Tras el multiverso, Peter Parker descubre que su mayor desafío no es salvar el mundo, sino aprender a vivir con su soledad. Spider-Man: Brand New Day explora qué queda del héroe cuando el mundo olvida al hombre.

Spider-Man: Brand New Day: la adultez, esa villana que no se derrota a puñetazos

Hay algo casi indecoroso en que una película de Spider-Man empiece preguntándose no cómo salvar al mundo, sino cómo demonios se vive cuando ya no queda nadie a quien salvar.

Después de No Way Home, Peter Parker ha hecho lo que ningún algoritmo de franquicia parecía particularmente interesado en hacerlo hacer: madurar. Han pasado cuatro años, nadie recuerda quién es y el muchacho que alguna vez necesitó que el universo entero —incluidos otros Spider-Man— le explicara quién debía ser, ahora vive solo, trabaja de tiempo completo como superhéroe y ha convertido la soledad en una especie de jornada laboral. El punto de partida de Spider-Man: Brand New Day es, por tanto, bastante más interesante que su título de postal motivacional: éste no es tanto un nuevo día como la mañana siguiente a una catástrofe sentimental.

Y ahí está, quizá, la principal virtud de la película de Destin Daniel Cretton: entender que el problema de Peter Parker ya no es hacerse adulto, sino averiguar qué demonios significa serlo.

Porque Spider-Man siempre ha tenido una relación particularmente perversa con la responsabilidad. El adolescente que hace malabares entre la escuela, los deberes, las hormonas y los supervillanos es una criatura entrañable precisamente porque su vida constituye una acumulación de problemas ordinarios con consecuencias extraordinarias. Pero Tom Holland ya no tiene cara de niño. El personaje tampoco. Brand New Day intenta convertir esa transición física en una transición dramática: Peter sabe lo que perdió, sabe que no puede recuperarlo fácilmente y, peor todavía, empieza a descubrir que el heroísmo puede ser una manera bastante sofisticada de no enfrentarse a la propia vida.

La película es consciente de ello y, en sus mejores momentos, consigue algo que Marvel lleva tiempo intentando recordar: que un superhéroe resulta interesante cuando debajo del traje hay una persona y no un trámite administrativo rumbo a la siguiente película.

No todo sale igual de bien.

El problema es que Brand New Day quiere ser, simultáneamente, una película de Spider-Man, un drama de maduración, un espectáculo superheroico, un capítulo de expansión del universo Marvel y una plataforma de lanzamiento para lo que venga después. Y cada una de esas ambiciones cobra su peaje. Hay buenas ideas que, sin embargo, quedan insuficientemente desarrolladas. Incluso cuando la película funciona, persiste la sensación de que demasiadas cosas compiten por ocupar el mismo espacio.

Ésa es la contradicción más curiosa de la cinta: cuando se concentra en Peter Parker funciona mejor que cuando recuerda que es una propiedad industrial.

Tom Holland, de hecho, termina siendo el argumento más fuerte a favor de la película. Hay aquí un cambio perceptible respecto del Spider-Man adolescente de Homecoming. Holland interpreta a un Peter menos ansioso por agradar y mucho más consciente del precio de sus decisiones. Hay tristeza, cansancio y hasta una cierta monotonía existencial en sus movimientos: el muchacho que antes celebraba cada aventura ahora parece alguien que ya lleva demasiadas. La madurez no se presenta como sabiduría, sino como desgaste.

Y eso vuelve particularmente interesante la acción.

Porque Brand New Day entiende algo que el cine de superhéroes suele olvidar: un golpe duele más cuando sabemos quién lo está recibiendo. Las secuencias de acción son espectaculares, sí, pero algunas de las mejores funcionan porque no son simplemente demostraciones de coreografía digital; son extensiones del estado emocional de Peter. El Spider-Man que vemos aquí tiene más músculo que antes, pero también más peso.

Por supuesto, Marvel no podía resistirse a meter medio vecindario.

La presencia de personajes como Punisher, Hulk, Yelena Belova y otros participantes del cada vez más congestionado ecosistema Marvel aporta energía, humor y, por momentos, una agradable sensación de cómic desbordado. También amenaza constantemente con convertir la película de Spider-Man en una reunión vecinal del MCU a la que alguien llegó con una libreta de pendientes.

Y, sin embargo —he aquí lo raro—, funciona mejor de lo que debería.

Porque Brand New Day tiene suficiente personalidad como para sobrevivir a su propia arquitectura corporativa. No logra escapar por completo de esa enfermedad contemporánea del blockbuster que consiste en pedirle al espectador que disfrute la película presente mientras piensa, simultáneamente, en otras cuatro películas futuras. Pero, al menos, tiene una película propia escondida dentro de esa maquinaria.

Una película sobre la soledad.

Sobre la culpa.

Sobre la necesidad, profundamente humana y bastante poco superheroica, de ser recordado por alguien.

Quizá por eso el título termina siendo menos ingenuo de lo que parece. Brand New Day no habla de empezar de cero. Peter descubre que empezar de cero es una fantasía: uno nunca vuelve al principio, porque lleva consigo las pérdidas, las decisiones y las versiones anteriores de sí mismo. El nuevo día no borra la noche anterior. Apenas la ilumina.

Y acaso ésa sea la idea más adulta que Marvel le ha permitido tener a su Spider-Man.

No que el héroe pueda salvarlo todo.

Sino que, después de salvar a todos, todavía tenga que aprender a vivir consigo mismo.

Veredicto: 8/10.

Spider-Man: Brand New Day está lejos de ser una película perfecta: tiene demasiados personajes, demasiadas obligaciones de franquicia y, por momentos, la sospechosa apariencia de estar preparando el examen que tendremos que presentar dentro de dos películas. Pero cuando deja de comportarse como una pieza de ajedrez del MCU y vuelve a ser la historia de un muchacho solo detrás de una máscara, encuentra algo que parecía perdido: humanidad.

Y para Spider-Man, ése sigue siendo el superpoder más difícil de conservar.