La paradoja Balboa: ¿acaso nos van a contar el mito o la mentira?

I Play Rocky reconstruye la lucha de Sylvester Stallone por protagonizar la película que él mismo escribió, aun cuando Hollywood dudaba de él. Pero detrás del nacimiento de Rocky hay otro combate: el de quién tiene derecho a contar una historia y reclamar como suyo el mito que ayudó a crear.

La paradoja Balboa: ¿acaso nos van a contar el mito o la mentira?

Hay una ley no escrita en Hollywood: toda película «basada en una historia real» es, en mayor o menor medida, ficción empaquetada con una dosis suficiente de verdad para que el espectador salga del cine convencido de haber aprendido algo mientras comía palomitas. La realidad, después de todo, suele ser demasiado desordenada, demasiado burocrática o, sencillamente, demasiado incómoda para sobrevivir intacta al ritmo de una película de dos horas.

Pero I Play Rocky, la próxima película de Peter Farrelly sobre la creación de Rocky, propone algo bastante más interesante: una película basada en la historia real de cómo nació una película basada, a su vez, en una historia real que terminó convertida en ficción.

La realidad dentro de la ficción dentro de la realidad.

O, si se prefiere: el mito del mito.

Antes de seguir, conviene hacer una precisión. No escribo esto desde la animadversión hacia Rocky ni hacia las películas de la saga. Al contrario: me gustan. He visto varias y entiendo perfectamente por qué el personaje y sus películas consiguieron convertirse en parte de la cultura popular. Si hay algo que me entusiasma de todo esto, de hecho, es volver a entrar en ese universo.

Mi reserva está en otro lugar.

No es la película Rocky la que me genera dudas, sino la historia que existe detrás de ella: la relación entre Sylvester Stallone y Chuck Wepner, la inspiración que pudo haber tomado de aquel boxeador y la manera en que todo aquello terminó convirtiéndose en una franquicia multimillonaria mientras el hombre cuya historia ayudó a alimentar esa leyenda tuvo que recurrir a los tribunales para reclamar una compensación. El litigio terminó en un acuerdo cuyos términos económicos nunca se hicieron públicos. Uno no puede evitar pensar que quizá habría sido razonable que Wepner hubiera recibido alguna forma más clara de reconocimiento o participación por aquella inspiración. Pero ésa es precisamente la zona gris que me interesa explorar.

Porque aquí está lo fascinante. Rocky no es una historia real. Es una historia de ficción inspirada, al menos en parte, por una historia real. Y ahora esa historia real —la del hombre que escribió Rocky— vuelve a convertirse en una película. Hollywood, que jamás ha tenido problemas con los espejos, parece haber colocado uno frente a otro hasta que ya no resulta sencillo distinguir dónde termina la historia y dónde empieza la leyenda.

La narrativa oficial, además, es deliciosa por su perfección.

Sylvester Stallone era un actor desconocido y prácticamente sin oportunidades. El 24 de marzo de 1975 vio en un cine de Los Ángeles la pelea entre Muhammad Ali y Chuck Wepner. Wepner era el desvalido perfecto: un boxeador de Nueva Jersey al que casi nadie daba posibilidades frente al campeón mundial. Ali lo derribó en el decimoquinto asalto, pero Wepner logró mantenerse de pie durante prácticamente toda la pelea y, en el noveno, mandó al campeón a la lona. Stallone regresó a casa y, según su propio relato, escribió el primer borrador del guion de Rocky en tres días y medio.

Después vino el milagro.

Hollywood quiso el guion, pero no necesariamente al hombre que lo había escrito. Stallone se negó a vender su historia si no podía interpretar él mismo a Rocky Balboa. La apuesta parecía una locura. Funcionó. Rocky se convirtió en la película más taquillera de 1976 y, en los Oscar de 1977, ganó tres premios: Mejor Película, Mejor Director y Mejor Montaje. Stallone, además, fue nominado como actor y guionista.

Es, en otras palabras, el sueño americano reducido a su forma más cinematográfica: un hombre desconocido tiene una oportunidad imposible, apuesta todo lo que tiene por ella y termina convirtiéndose en una estrella.

Y justamente por eso resulta tan tentador contarla otra vez.

Sólo que aquí aparece un pequeño problema.

Según Stallone, se enteró de la existencia de I Play Rocky al leer sobre el proyecto y dijo que había quedado sorprendido, aunque también manifestó que, puesto que él había vivido aquella historia, podía aportar algo como consultor.

Pero la historia no termina ahí.

Peter Farrelly ha ofrecido posteriormente una versión diferente: afirma que el equipo sí hizo llegar el guion a Stallone y que incluso se reunió con él para obtener su aprobación antes de continuar. Es decir, tenemos dos relatos que no terminan de coincidir.

Y entonces uno no puede evitar una pregunta que tiene algo de malicia y algo de lógica:

¿Fiel a cuáles hechos?

¿A los hechos según la memoria de Stallone?

¿A los hechos documentados?

¿A la versión que Hollywood lleva cincuenta años contando?

¿O a esa zona nebulosa donde la memoria, la autopromoción y la leyenda terminan convirtiéndose en una sola cosa?

Porque si hay alguien que tiene derecho a sentirse protagonista de la historia, ése es Stallone.

Pero si hay alguien que tiene derecho a preguntarse cómo se cuenta esa historia, también es Chuck Wepner.

Quien haya visto The Real Rocky, el extraordinario documental de ESPN Films perteneciente a la serie 30 for 30, sabe que la relación entre Wepner, Stallone y Rocky es bastante más incómoda que la fábula del hombre que, simplemente, encontró inspiración en un boxeador valiente. El propio ESPN presenta a Wepner como la inspiración original para Rocky Balboa y documenta la compleja relación posterior entre ambos.

Wepner era un boxeador de Nueva Jersey apodado «The Bayonne Bleeder» (El sangrador de Bayonne), no precisamente por su elegancia defensiva. El combate con Ali fue extraordinario, pero la historia que vino después lo fue todavía más. Stallone ha reconocido la importancia que tuvo aquella pelea en el origen de Rocky, aunque durante años también sostuvo que Wepner no era la única inspiración del personaje.

Mientras la franquicia crecía, Wepner aparecía en eventos, audiciones y fotografías como «el verdadero Rocky». Finalmente, en 2003, demandó a Stallone. El litigio terminó en 2006 mediante un acuerdo extrajudicial cuyos términos económicos no fueron revelados.

Y aquí conviene detenerse.

Porque la tentación de convertir la historia en una simple fábula de buenos y malos sería tan cómoda como la película que estamos a punto de ver. Wepner no es Rocky Balboa. Stallone tampoco es un villano de caricatura. La relación entre inspiración, creación, apropiación y autoría es bastante más complicada que eso.

Pero la incomodidad permanece.

Sobre todo porque algunas de las semejanzas entre la vida de Wepner y la primera película de Rocky son demasiado precisas para ignorarlas: el peleador desconocido que recibe una oportunidad imposible, el campeón que parece tenerlo todo bajo control, la resistencia absurda del desfavorecido y, sobre todo, esa idea profundamente estadounidense de que un hombre puede convertirse en héroe simplemente porque se niega a caer.

Y las coincidencias no terminan ahí. La famosa pelea de exhibición de Rocky III contra Thunderlips recuerda, al menos en algunos de sus elementos, el combate de Wepner contra André the Giant. La realidad había producido su propia secuencia improbable antes de que Hollywood la transformara en espectáculo.

Lo interesante, entonces, no es decidir si Stallone «robó» la historia de Wepner. Eso sería demasiado sencillo.

Lo interesante es preguntarse qué hace Hollywood con una historia cuando descubre que la verdad resulta menos limpia que la leyenda.

Y sospecho que I Play Rocky tendrá que enfrentarse precisamente a eso.

Porque la versión de Stallone es irresistible: el actor desconocido que apuesta contra todos, se niega a vender su sueño y termina ganando. Es una historia tan perfecta que casi parece haber sido escrita por un guionista.

De hecho, lo fue.

Por eso la paradoja.

La película que va a contarnos cómo nació Rocky corre el riesgo de convertirse, ella misma, en otro Rocky: otra historia de un hombre contra el sistema, otra celebración de la obstinación, otra fábula en la que el éxito termina justificando retrospectivamente todas las decisiones que lo hicieron posible.

Y quizá el problema no sea que esa historia sea falsa.

Quizá el problema sea que es demasiado buena.

Porque una buena historia no necesita ser completamente cierta para convencernos. Sólo necesita ser lo suficientemente cierta para que queramos creerla.

Y Rocky lleva cincuenta años enseñándonos precisamente eso.

Así que, ¿qué película nos van a entregar?

No lo sé.

Y ésa es precisamente la parte que me interesa.

No voy a verla predispuesto a que la película me disguste. Al contrario: quiero que sea buena. Quiero disfrutarla como película y, probablemente, disfrutar también la historia de ese hombre que se empeñó en interpretar al personaje que había creado. Lo que no puedo separar de esa experiencia es todo lo que existe alrededor de ella, porque la historia detrás de Rocky también forma parte del mito que estamos a punto de volver a contar.

Mi duda, entonces, no es si I Play Rocky será una buena película.

Mi duda es qué versión de la historia va a decidir convertir en verdad.

Y, sin embargo, ahí estaré en la sala de cine.

No en primera fila, por supuesto.

Séptima fila, justo al centro, en el "sweet spot".

Es el lugar donde la acústica suele ser más amable, la perspectiva más equilibrada y la distancia suficiente para disfrutar una película sin quedar demasiado cerca de su propia propaganda.

Iré porque I Play Rocky puede ser una gran película.

Iré porque la historia de cómo nació Rocky es, por sí misma, extraordinaria.

Pero también iré por la paradoja.

Quiero ver cómo Hollywood cuenta la historia de un hombre que convirtió una historia ajena en una historia propia y, medio siglo después, vuelve a convertir esa historia propia en otra historia cinematográfica.

Veré I Play Rocky por el espectáculo, sí.

Pero mientras lo hago, procuraré no olvidar un nombre.

Chuck Wepner.

El hombre que sangró en un ring para que Rocky Balboa pudiera empezar a existir.

Fuentes consultadas