Digger: Iñárritu y el arte de sacudir al espectador

Fui a ver *Digger* con expectativas altas y, aun así, Iñárritu consiguió sorprenderme. Entre sátira, humor grotesco y crítica social, la película propone una experiencia que vale la pena descubrir en el cine sin saber demasiado de antemano.

Digger: Iñárritu y el arte de sacudir al espectador

Hay películas que, al terminar, nos dejan con ganas de hablar de ellas. Otras nos obligan a guardar silencio durante unos minutos, como si necesitáramos comprobar que seguimos en posesión de nuestras facultades mentales antes de intentar articular una opinión. Digger, la nueva película de Alejandro González Iñárritu, pertenece a esa segunda categoría. Y confieso que, después de verla, me encontré ante una dificultad insólita: quería recomendarla, pero no sabía muy bien cómo hacerlo sin empezar a desactivar aquello que la vuelve extraordinaria desde mi perspectiva.

Así que vayamos por partes, aunque sospecho que la propia película se divertiría bastante con la pretensión de ordenarlas.

Del desconcierto al asombro

Fui a ver Digger con expectativas altas. Eso no impidió que, durante sus primeros momentos, la película me desconcertara y tardara un poco en conquistarme. Lo extraordinario es que, aun llegando con esas expectativas, consiguió sorprenderme. Conforme avanzaba la función, algo empezó a hacer clic hasta desembocar en esa rara satisfacción que produce el cine cuando consigue llevarte a un lugar que no habrías sabido anticipar.

Y sí, Digger consigue hacerte sentir que te explota la cabeza, en el mejor sentido posible. No hablo de esa confusión que te deja preguntándote qué acabas de ver porque no lograste conectar con una película, sino del asombro que aparece cuando el cine consigue llevarte mucho más lejos de lo que imaginabas. No voy a explicar qué lo provoca ni a dar pistas. Lo mejor es que cada espectador lo descubra por su cuenta.

Porque Digger no se deja reducir fácilmente a una sinopsis ni a una etiqueta genérica. Es comedia, sátira, provocación y crítica social; también puede ser grotesca, desagradable y, por momentos, inesperadamente reflexiva. Su humor no siempre busca la carcajada cómoda, del mismo modo que sus imágenes no parecen interesadas en ofrecerle descanso al espectador. Iñárritu nos conduce de un registro a otro sin pedir permiso y sin detenerse demasiado a comprobar si ya nos acomodamos en el anterior.

El poder, la sociedad y nuestro propio espejo

La sátira política parece ocupar un lugar central en sus dardos. Sin embargo, sería demasiado tranquilizador pensar que la película dirige sus objeciones exclusivamente hacia quienes gobiernan. Resulta más interesante —y quizá más incómodo— advertir que también hay algo de nosotros en ese retrato: las contradicciones con las que convivimos, las cosas que toleramos y la facilidad con que nos concebimos como observadores imparciales de un mundo del que, en realidad, formamos parte.

La película no convierte cada provocación en una tesis ni parece tener demasiado interés en detenerse a explicarnos qué debemos pensar. A veces nos hace reír; otras, nos revuelve el estómago. En ocasiones, incluso consigue que una situación grotesca desemboque en una reflexión que apenas dura unos segundos antes de que la siguiente extravagancia reclame nuestra atención.

Ese tránsito entre lo cómico, lo repulsivo y lo reflexivo puede resultar estimulante o agotador, según el espectador. De ahí que me parezcan comprensibles las reacciones encontradas que suscita. Digger no es una de esas películas diplomáticas que procuran dejar contento a todo el mundo: tiene una personalidad demasiado marcada para semejante cortesía.

Yo terminé del lado de quienes agradecen que el cine todavía se permita semejantes desmesuras. Eso no significa que cada una de sus decisiones me parezca infalible, sino que prefiero una película capaz de arriesgarse a incomodar antes que otra empeñada en no despeinar a nadie.

Tom Cruise bajo la mirada de El Chivo

También hay motivos para detenerse en la actuación de Tom Cruise. Su trabajo me parece digno de entrar en la conversación de la próxima temporada de premios y, por qué no, de aspirar al Óscar. Es una impresión personal, todavía prematura, pero que me acompañó al salir de la sala.

Y está la fotografía de Emmanuel «El Chivo» Lubezki. Hay ocasiones en que uno se concentra tanto en la narración que apenas repara en la composición de una imagen; aquí, sin embargo, hubo encuadres, enfoques y movimientos de cámara que me hicieron apartar momentáneamente la atención de lo que sucedía para admirar cómo estaba siendo mostrado. La imagen no se limita a ilustrar la historia: contribuye a ese efecto de inmersión que termina por convertir la película en algo más que una sucesión de situaciones insólitas.

¿Se traducirá todo ello en premios? Habrá tiempo para discutirlo. No me atrevería todavía a pronosticar una victoria en la categoría de mejor película, pero sí considero que la actuación de Cruise y el trabajo visual merecen atención.

La película también está en el sonido

Mi recomendación de verla en una sala cinematográfica no tiene que ver únicamente con el tamaño de la pantalla. Está también en el sonido, aunque debo hacer una precisión: en la función a la que asistí, el volumen al que estaba ajustado el sonido de la sala era demasiado alto por momentos y llegaba a molestar.

Y hay algo más que prefiero no explicar. En cierto instante, la película encuentra una manera particularmente ingeniosa de jugar con la frontera entre lo que sucede en la pantalla y el lugar desde el que la estamos viendo. Por un momento, la sala deja de ser simplemente el espacio donde nos sentamos a contemplar una historia y pasa a formar parte de la experiencia de una manera que no habría anticipado.

No diré qué ocurre ni cómo se consigue ese efecto. Sería quitarle buena parte de su gracia. Sólo puedo decir que me pareció un detalle genial y que difícilmente podría reproducirse de la misma manera en casa.

Quizá ésa sea una de las razones por las que recomiendo verla en el cine. No porque el sonido me pareciera extraordinario durante toda la película, sino porque hay detalles concretos que cobran un sentido especial en la sala y porque ese juego con el espacio compartido difícilmente podría reproducirse de la misma manera en casa. Por un instante, la experiencia deja de depender exclusivamente de lo que aparece en pantalla y se extiende al lugar que compartimos con los demás espectadores.

Me cuesta no pensar que Iñárritu buscaba algo parecido: que no nos limitáramos a observar la película desde afuera, sino que termináramos sintiéndonos parte de ella. No puedo asegurar cuál fue su intención exacta, pero ésa fue la sensación que me dejó la experiencia.

Por eso creo que vale la pena ver Digger en una sala cinematográfica. En casa también se puede disfrutar del cine, desde luego, pero sospecho que aquí se pierde una dimensión importante de la propuesta. No se trata únicamente de contar con una pantalla más grande o un mejor sistema de sonido, sino de descubrir lo que puede suceder cuando la película parece desbordar los límites de la pantalla y alcanza, por un instante, el espacio en el que estamos sentados.

Mi consejo es sencillo: vayan a verla sin investigar demasiado. Eviten los tráileres adicionales, las explicaciones previas y las interpretaciones que quieran decirles de antemano qué tienen que encontrar. No hace falta llegar con un mapa para una película que parece empeñada en sorprendernos con el terreno.

Una invitación a dejarse sorprender

Quizá esta reseña resulte menos explicativa de lo que debiera ser. Lo asumo. Hay películas que se benefician del análisis minucioso y otras cuyo primer encuentro merece conservar algo de misterio. Digger me parece, por ahora, una de estas últimas.

No todos saldrán convencidos; tampoco tendría sentido exigirlo. Pero quienes acepten su apuesta podrían encontrarse con una experiencia capaz de pasar de la risa a la incomodidad, de la repulsión al asombro y de la provocación a la reflexión sin instalarse demasiado tiempo en ninguna de esas estaciones.

Mi recomendación no es que vayan a comprobar si tengo razón, sino que vayan a descubrir qué les sucede a ustedes. Yo entré con expectativas altas y terminé sorprendido por una película que, en más de un momento, parecía querer intervenir directamente en mi experiencia como espectador.

Salí con ganas de escribir sobre ella y, al mismo tiempo, con la sospecha de que explicarla demasiado sería una forma de estropearla. Quizá más adelante, cuando haya pasado por las salas y pueda hablar de sus mecanismos con mayor libertad, valga la pena regresar a ella.

Por ahora, prefiero dejarles una invitación: Digger puede descolocarlos, incomodarlos y hacerlos cuestionar lo que están viendo. Pero también puede llevarlos a ese punto en el que el cine deja de ser solamente una historia que contemplamos y se convierte en algo que experimentamos.

Hay experiencias que pierden buena parte de su encanto cuando alguien nos las explica antes de tiempo.

Ésta es una de ellas.